sábado, 13 de abril de 2013

reporte 37

Con el cuerpo inclinado y el fusil entre la mano temblorosa, el Palomo, un viejecillo pequeño y seco como una avellana, a pasos cortos sobre sus piernas vacilantes sigue los rastros que las pisadas de las perdices dejan en la arena. 
De pronto se irguió, deteniéndose ante un grupo de espinos y de litres achaparrados: el rastro tan pacientemente seguido terminaba allí: Rodeo el matorral tiró el gatillo: una magnífica perdiz con las plumas medio chamuscadas por el fogonazo ocupó su sitio en el morral vacío. 
Terminaba la tarea cuando el silbido de la perdiz que levanta el vuelo lo hizo volverse con presteza. Apoyó la culata en el hombro y soltó el tiro. 

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