sábado, 13 de abril de 2013

reporte 50

- ¡Enterrémoslo en la ceniza! 
¿Y si se prende? Pensó. De repente brincó de júbilo. Había encontrado la solución buscada. En un instante ambos chicos apartaron los brasas y cenizas del hogar y cavaron en medio del fogón un agujero de cuarenta centímetros de profundidad, dentro del cual envuelto en un pañuelo de hierbas, colocaron el saquete de pólvora. 
Durante los días que precedieron al señalado para la cacería, Cañuela no cesó de pensar en la posibilidad de un estallido. 
Petaca, con el fusil al hombro, sudaba y bufaba bajo el peso del descomunal armatoste. Durante la primera etapa, Cañuela, lleno de ardor, quería que hiciese fuego sobre todo bicho viviente.  

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