Mientras Petaca atisba desde la puerta, Cañuela encaramado sobre la mesa, descuelga del muro el pesado y mohoso fusil. Ambos chicos están solos esa mañana. El viejo Pedro y su mujer, la anciana Rosalía, abuelos de Cañuela, salieron muy temprano en dirección al pueblo.
Junto con Petaca, que dos años mayor que su primo, de cuerpo bajo y rechoncho es la antítesis de Cañuela, a quien gobierna y maneja con despótica autoridad, deciden ir de cacería. Entretanto, había que ocultar la pólvora. Cañuela propuso que se abriera un hoyo en un rincón del huerto y se la ocultase ahí pero Petaca le dijo que había que buscar un lugar seco.
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