Recobró el fusil y se internó en un bosquecillo de boldos y arrayanes.
Alargó el brazo y oprimió el disparador. Tras el estampido, apartárnosle violentamente las ramas y apareció la cabeza del dogo con las orejas tiesas y rectas. De un salto cayó sobre la perdiz y empezó a triturarla entre sus poderosas mandíbulas.
Agobiado por el calor ascendía penosamente la rápida escarpa para alcanzar la carretera, cuando un súbito tirón lo hizo girar sobre sí mismo y perdiendo el equilibrio vino a tierra con estrépito
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