Por fin, el descontentadizo cazador vio delante de sí una piezaigna de los honores de un tiro. Una loica macho. A cuatro metros del árbol, se detuvo, y reuniendo todas sus exhaustas fuerzas, se echó la escopeta a la cara. Pero en el instante en que se aprestaba a tirar del gatillo, Cañuela que lo había seguido sin que él se apercibiera, le gritó de improviso con su vocecilla de clarín aguda y penetrante:
- ¡Espera, que no está cargada, hombre! La loica agitó sus alas y se perdió como una flecha en el horizonte.
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